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lunes, 28 de noviembre de 2011

Las elecciones legislativas movilizan sólo a un 28% del electorado marroquí.

MARRUECOS

> Las elecciones legislativas con las que Mohamed VI pretende obtener un respaldo a sus reformas contaron con una participación del 45% de las personas inscritas para votar, lo que equivale sólo al 28,4 % del censo, ya que al menos ocho millones no se registraron.

> Las elecciones legislativas marroquíes tuvieron una participación del 45 % del censo electoral, según anunció el ministro marroquí del Interior Tayeb Cherkaui, dos horas después del cierre de los colegios.
> Este porcentaje está calculado sobre los 13,6 millones de los inscritos en las listas electorales, pero equivale a sólo un 28,4 % de los marroquíes mayores de 18 años, ya que más de ocho millones de mayores de edad no se inscribieron. En todo caso, es superior al 37 % que registraron las elecciones legislativas de 2007, uno de los porcentajes más bajos y al mismo considerados más verídicos de la historia de Marruecos.
> Varios grupos de izquierda y de islamistas habían pedido abiertamente la abstención en estos comicios. Las imágenes sin colas en los colegios electorales reflejaron el desinterés o la oposición a los comicios.
> Cherkaui dijo que la operación «transcurrió en un clima caracterizado por la tranquilidad y el espíritu de responsabilidad»", y no mencionó las irregularidades denunciadas por diferentes actores, particularmente el traslado masivo de votantes organizado supuestamente por algunos de los candidatos y denunciada al menos por tres grupos.
> 31 partidos políticos pugnaron en estas elecciones convocadas tras las reforma iniciada por el rey Mohamed VI. El partido islamista PJD de Abdellah Benkirane, principal grupo de la actual oposición parlamentaria con 47 diputados de un total de 395, espera en un éxito similar al del partido islamista Ennahda, en Túnez
> Sus dos principales adversarios son la coalición gubernamental de Istiqlal y la Unión Nacional de Independientes (RNI).

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Censura estructural en Cuba.


Censo, censados, censores…

reloj
No fui un número en el último censo hecho en Cuba. No aparecí en la cifra de 11.177.143 personas que –por decisión o por resignación– habitaban en ese momento el territorio nacional. Asfixiada por la falta expectativas, me había marchado de mi país unos meses antes de que comenzara el gran conteo nacional. Pero recuerdo que mis parientes y amigos me escribían asustados sobre aquellos trabajadores sociales que tocaban a las puertas y hacían un montón de preguntas. En un país donde la gran mayoría tiene algo que esconder, toda indagación que venga por parte del Estado resulta sospechosa. Por ejemplo, en aquella ocasión inquirían sobre si la familia tenía alguna computadora, seis años antes de que Raúl Castro autorizara a comprarlas legalmente en una tienda. La gente mentía y mentía, en aras de esconderle a los censistas –-¿o censores?– de dónde provenía su entrada económica, el número de electrodomésticos que poseía o cuántos residían realmente en la vivienda.
Recién por estos días se ha anunciado un nuevo censo poblacional y la televisión no escatima spots publicitarios, programas o reportajes para despejar las suspicacias que éste genera. Se anuncia que no se les pedirá a los encuestados un documento de identidad y que la información sólo tendrá un “uso estadístico”… no policial. Pero derribar el muro de la desconfianza no es tan fácil, especialmente en una sociedad donde la intimidad del hogar ha sido demasiado vulnerada por las instituciones oficiales. La extendida tendencia de engañar al estado obliga, por tanto, a agregar un signo de interrogación sobre cada dato extraído en un sondeo realizado casa a casa. Se dan situaciones casi cómicas cuando los encuestadores llegan a un edificio como el mío y los vecinos se pasan la voz para lograr esconder bajo una sábana –o en el armario– aquellos objetos prohibidos o de origen ilícito que tienen en sus salas.
No obstante las aprensiones y las dudas, realizar tal inventario sería de gran utilidad en estos momentos. Podríamos confirmar con los números algunas tendencias que saltan a la vista. Entre ellas se encuentra el marcado envejecimiento poblacional, la baja natalidad y la creciente emigración. Probablemente, aunque los sociólogos sí logren obtener el número, nunca se nos informará de la tasa de suicidios, divorcios o abortos, porque son cifras que desbaratan la imagen del “paraíso insular”. También a cada número publicado habrá que darle –-como en todo estudio– un margen de error y restarle su correspondiente por ciento de falsedad, de esas mentiras salvadoras con las que tantos responderán al minucioso cuestionario del próximo censo.